miércoles, 24 de febrero de 2010

Oda a Ines....Inés Rosales esa torta de toda la vida




De pequeño cuando aún creía, bendita ilusión, en los Reyes Magos y Papa Noel y creía también, maldito error, que la vida era jugar y comer, cada vez que mi madre ponía en mi mano uno de esos redondos y planos paquetitos sonoros imperfectamente envueltos, tenía la sensación de que recibía un regalo. Mi infantil fantasía y Dª Inés Rosales obraban el milagro de transmutar cada merienda en la feliz y alegre experiencia de tener entre mis manos para mí solito aquel capricho, contemplarlo y albergar la segura esperanza de que, tras abrirlo, iba a disfrutar como el niño que era de aquélla hojaldrada, finísima, tostada, crujiente y azucarada, irregular y abultada torta que una buena y desconocida señora mandaba desde un ignoto y remoto lugar llamado Castilleja de la Cuesta. ¡Caramba! Vivir en un castillo, rodeado de cuestas por las que chorrarse y comiendo esas maravillosas tortas a todas horas ¡que potra tenían los hijos de Dª Inés!

Pasados los años y obligados por ellos a abandonar desgraciadamente todas esas infantiles fantasías, la cruda realidad hace acto de presencia: los castillos son ahora abandonadas, quietas e inhabitables ruinas y las cuestas no hay ya piernas moras o cristianas que las suban. Todo cambia a nuestro alrededor, no hay forma de reconocer el entorno y la nostalgia nos invade. Todo deja de ser lo que era. ¿Todo? No, no todo se ha perdido, hay cosas que permanecen, que quedan inalteradas, que son valores seguros que podemos trasmitir a nuestros hijos con confianza y seguridad. Una de estas pequeñas e intrascendentes, sí, pero importantes cosas que hacen la vida más placentera y agradable, son las tortas de Dª. Inés a quien yo desde aquí imploro no nos prive de su hidalga compañía, para no tener que arrancarnos el corazón por tenorio desamor y seguir disfrutando de ellas quién sabe si incluso en el más allá.

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